Mark Russinovich, director de tecnología de Microsoft Azure, ha publicado un proyecto tan inútil como ingenioso. Se trata de una forma de jugar al Doom original (redoble de tambores) usando Microsoft Paint como si fuera el propio monitor del juego. El proyecto se llama DoomPaint y ya está disponible en GitHub, con instrucciones incluidas para quien quiera probarlo.
La idea no consiste en recrear Doom desde cero, ni en programar una versión simplificada. Por debajo, el motor real del juego, a través de ViZDoom, ejecuta el archivo shareware original DOOM1.WAD, el mismo que se distribuía en los años noventa. Para los episodios que esa versión gratuita no incluye, el proyecto recurre a los archivos Freedoom, publicados bajo licencia BSD.
El juego se ejecuta sin interfaz gráfica propia. Cada fotograma se coloca en el portapapeles de Windows y se pega automáticamente sobre el lienzo de Paint, como si fuera una edición manual del documento.
Hasta 35 FPS para Doom en Paint, cuando todo va bien
Ese truco con el portapapeles, según explica el propio Russinovich en la documentación del proyecto, permite alcanzar hasta 35 fotogramas por segundo. El propio autor reconoce que el ritmo a veces puede caer a un nivel que él mismo compara con el de una hoja de cálculo. Según Russinovich, esa velocidad limitada forma parte de la gracia del proyecto.
Dependiendo del equipo, DoomPaint puede llegar a moverse a los 35 fotogramas por segundo completos en una resolución de 320 x 200 píxeles, o incluso en 640 x 400. El proyecto también incluye sonido y música, algo poco habitual en este tipo de experimentos técnicos. Hacia el final del archivo README, Russinovich resume el concepto con una broma: Paint solo se limita a mostrar el juego, nunca lo calcula. El proyecto se distribuye bajo licencia MIT.
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Sin duda, que el responsable de una de las plataformas en la nube más grandes del mundo dedique parte de su tiempo libre a proyectos como este no es tan extraño como parece. Dentro del mundo del desarrollo de software, programar por diversión sigue siendo, para muchos, una forma habitual de desconectar del trabajo.
